jueves, 17 de diciembre de 2009

¿No gusta pasar a tomar una tacita de café?

Esta es la historia de un padre y un hijo que se hicieron amigos por el trabajo. También es la historia de una convivencia silente entre la tradición y la modernidad. Todo, en la cafetería más antigua del centro de Quito.

Cuando la caja registradora se posó en el mostrador de La Modelo, Don Guillermo Báez supo que había perdido la batalla contra los nuevos tiempos. Aquella máquina llena de números diminutos y teclas enigmáticas representaba el posicionamiento definitivo de una era distinta en su cafetería de toda la vida.

Hasta ese entonces, fiel a la tradición que fundó en 1950, las cuentas del local se hacían a mano y confiando en la honestidad del cliente que se acercaba al mostrador a decir lo que había consumido. La llegada de un aparato insensible que
evitaba la trampa y agilizaba el movimiento en la cafetería fue el pináculo de la filosofía de cambios que Guillermo Báez (hijo) venía proponiendo desde que empezó a trabajar junto a su padre, primero con el miedo de un principiante, luego con la autoridad de quien aprende los secretos de un negocio que, más que económico, siempre fue sentimental.

Sin embargo esta “batalla” nunca fue una lucha de egos sino una conversación prolongada para darle algo de funcionalidad a una cafetería que jamás perdió su esencia. Así pues, aunque Don Guillermo no volvió a cobrar las cuentas ahuyentado por el nuevo inquilino de metal, la sencillez afable con la que solía atraer comensales se mantuvo. Y se mantiene aunque ya son tres años de su ausencia.

El local tiene la simpleza de un café tinto servido en taza blanca. Mesitas circulares cubiertas de
manteles a cuadros, dispersas en simétrico desorden. Desprovisto de
adornos innecesarios, La Modelo es propicia tanto para un desayuno rápido como para una merienda apacible viendo caer la lluvia. Del padre –estricto pero entregado- quedan la atención esmerada, los helados y el ponche artesanal que le ha valido a La Modelo más de un mención en la prensa y un eterno reconocimiento de la gente que frecuenta el centro de Quito. El hijo modernizó la administración e inauguró un segundo piso para que nadie se quede fuera. Los cuadros que cuelgan de las paredes son bitácoras desteñidas de una historia familiar: fotos, afiches y recortes de periódicos que hablan tanto de la tradición del primer Guillermo como de la perseverancia del heredero, todo esto mientras por entre las rendijas de la diminuta cocina se filtran olores que valen más que mil palabras.

Bonus Track: Una tarde aparece un tipo que saluda a Guillermo hijo con inusitada amabilidad para un desconocido. “usted no sabe quién soy, pero su papá una vez me sentó en una mesa con una joven desconocida debido a que el resto de mesas estaban ocupadas. Bueno, ella ahora es mi esposa” dicen que dijo.

1 comentario:

Azucena dijo...

Siempre creí que el café tiene una filosofía de nacimiento. No hay nada mejor que un rico café, una cigarro y sentarse a ver como caminan las personas.