Los jóvenes sudamericanos se besan
con la tristeza de verbena que aprendieron
al caminar;
luxan su tobillo y pierden los anteojos
cuando bajan a tierra firme.
Los jóvenes sudamericanos cenan
hogazas de pan nuevo, discurren
sobre tópicos mesiánicos
de sus nuevos presidentes
y tantean un hotel barato pero
que tenga agua entibiada;
dejan su amor al azar,
fuman al por mayor olvidando
el cepillo en casa y un
trozo de papel para emergencias.
Los jóvenes sudamericanos navegan
en tiempos de identidad subtitulada
y preguntas múltiples para una
misma respuesta;
se amarran mutuamente con piernas
de pampón y dedos agrietados por
recibos de mudanza.
Los jóvenes sudamericanos creen que harán
algo significativo por su país,
pero en este momento
solo existe el último sorbo
de sus cervezas y luego entrañarse
y cobrar los besos que no dieron
cuando todo era distancia.
Ahora todo es cordillera.
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jueves, 6 de agosto de 2009
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